Mi hermana, como era la más grande de
las nietas se la pedía prestada y nos paseaba a mi prima y a mí una en el
cuadro, la otra en la parrilla.
Así recorríamos las calles del
barrio, saludando vecinos, jugando en los charcos, tocando el timbre,
riéndonos.
Alguna que otra vez me paseaba él, cuando
tenía que ir a la ferretería a comprar clavos o simplemente inventaba una
excusa para llevarme a dar una vueltita.
Me quedaban las nalgas doloridas de
la parrilla; era muy incómoda, pero nunca se lo dije; fue un secreto muy
guardado. Amaba ese momento en el que mi abuelo era solo para mí; un
sentimiento egoísta, lo sé ¡Era tan maravilloso ese momento cuando reíamos
juntos!
En el camino, nos encontrábamos con
los conocidos y les decía: “Ella es mi nieta, Cecilia”, yo sonreía sonrojada y
orgullosa por los piropos de sus amigos: “Pero qué linda nena, muy simpática”.
Con el abuelo también jugábamos a la
peluquería; con mi hermana y mi prima le peinábamos sus canas que apenas estaban
apareciendo, lo llenábamos de ruleros y él siempre tan buen cliente, jamás se
quejó por lo molestas que podían llegar a ser las pequeñas peluqueras.
Él era quien me daba las monedas
para comprar las galletitas María que venían en aquellas latas enormes y te las
envolvían en papel de estraza. Yo no le pedía que me comprara; en esa época a
los abuelos no se les podía pedir, había que esperar a que ellos te ofrecieran.
Seguro que veía en mis ojos dos galletitas brillando y se enternecía; entonces
metía la mano en su bolsillo lleno de aserrín y me daba las monedas grandes.
Yo cruzaba corriendo al almacén de Chela
y volvía sonriente con mi paquetito, me sentaba en el frente de la casa apoyada
en el murito mientras los demás dormían la siesta y sin hacer barullo podía
pasar la tarde jugando con el Rabo, el perro cojo de mis abuelos que me robaba
algún que otro bocado; en realidad, yo se los daba, pero, como tenía prohibido
hacer eso, siempre decía que él aprovechaba mi distracción.
Qué lindas épocas esas cuando una
era feliz solo con compartir esos sencillos momentos. Pero claro, una se da
cuenta cuando pasan los años, cuando ha crecido, cuando nos volvemos muchas
veces adultos aburridos.
Hoy el abuelo está sensible; yo lo
miro y llora; tiene algunas nanas que lo han dejado dolorido y ya no puede
trabajar más en su carpintería.
Me mira emocionado cuando voy por el
pueblo a visitarlo. Quizá cuando me ve, todavía puede leer en mis ojos la
mirada tierna que ahora más que galletitas le pide desesperadamente que no se
vaya, que no me deje.
No estoy lista para la despedida, aunque
confieso, nunca lo estaré.
Quizá encuentra en mis ojos el enojo
como cuando se terminaba el paseo y yo le decía que había sido muy corto, pues
ahora también siento que nuestra vida juntos ha sido demasiado corta.
Mi abuelo ya no anda más en bici,
pero pedalea y pedalea, más que nunca y con más fuerza. A veces se cansa y para
un rato, pero luego se levanta y sigue otro tanto. Otras veces soy yo la que lo
lleva en la bici verde. Recorremos, jugamos, tocamos el timbre y reímos; al
final, siempre reímos.
Como decía Borges: “La muerte
es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.” Y sí que ha vivido mi
abuelo, entre aserrines y bicicletas, entre veranos dulces e inviernos crueles.
Yo prefiero
pensar que la muerte es como la hora de la siesta, aquella que yo evitaba
comiendo galletitas en el frente de la casa; Y que cuando me toque a mí, él me
va a estar esperando allá arriba para sentarse conmigo en el frente de alguna
nube quizás.
Por las dudas,
tendré siempre a mano algún paquetito de María ¡no vaya a ser que me agarre
desprevenida! Y espero también, que allá tengamos una bici verde, como la que
nos acompañó en la vida, una bici verde con timbre y parrilla.
Fin

Entre lágrimas terminé de leer esta entrada. Gracias! Siempre tene galletitas Maria a mano! Hermosa nieta Cecilia! :-) Que linda y simpática!
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
EliminarMuchas gracias por tus palabras!!! :) besos
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