miércoles, 5 de junio de 2013

Relato: La bici verde



Mi abuelo tenía una bici verde con timbre y parrilla.
Mi hermana, como era la más grande de las nietas se la pedía prestada y nos paseaba a mi prima y a mí una en el cuadro, la otra en la parrilla.
Así recorríamos las calles del barrio, saludando vecinos, jugando en los charcos, tocando el timbre, riéndonos.
Alguna que otra vez me paseaba él, cuando tenía que ir a la ferretería a comprar clavos o simplemente inventaba una excusa para llevarme a dar una vueltita.
Me quedaban las nalgas doloridas de la parrilla; era muy incómoda, pero nunca se lo dije; fue un secreto muy guardado. Amaba ese momento en el que mi abuelo era solo para mí; un sentimiento egoísta, lo sé ¡Era tan maravilloso ese momento cuando reíamos juntos!
En el camino, nos encontrábamos con los conocidos y les decía: “Ella es mi nieta, Cecilia”, yo sonreía sonrojada y orgullosa por los piropos de sus amigos: “Pero qué linda nena, muy simpática”.
Con el abuelo también jugábamos a la peluquería; con mi hermana y mi prima le peinábamos sus canas que apenas estaban apareciendo, lo llenábamos de ruleros y él siempre tan buen cliente, jamás se quejó por lo molestas que podían llegar a ser las pequeñas peluqueras.
Él era quien me daba las monedas para comprar las galletitas María que venían en aquellas latas enormes y te las envolvían en papel de estraza. Yo no le pedía que me comprara; en esa época a los abuelos no se les podía pedir, había que esperar a que ellos te ofrecieran. Seguro que veía en mis ojos dos galletitas brillando y se enternecía; entonces metía la mano en su bolsillo lleno de aserrín y me daba las monedas grandes.
Yo cruzaba corriendo al almacén de Chela y volvía sonriente con mi paquetito, me sentaba en el frente de la casa apoyada en el murito mientras los demás dormían la siesta y sin hacer barullo podía pasar la tarde jugando con el Rabo, el perro cojo de mis abuelos que me robaba algún que otro bocado; en realidad, yo se los daba, pero, como tenía prohibido hacer eso, siempre decía que él aprovechaba mi distracción.
Qué lindas épocas esas cuando una era feliz solo con compartir esos sencillos momentos. Pero claro, una se da cuenta cuando pasan los años, cuando ha crecido, cuando nos volvemos muchas veces adultos aburridos.
Hoy el abuelo está sensible; yo lo miro y llora; tiene algunas nanas que lo han dejado dolorido y ya no puede trabajar más en su carpintería.
Me mira emocionado cuando voy por el pueblo a visitarlo. Quizá cuando me ve, todavía puede leer en mis ojos la mirada tierna que ahora más que galletitas le pide desesperadamente que no se vaya, que no me deje.
No estoy lista para la despedida, aunque confieso, nunca lo estaré.
Quizá encuentra en mis ojos el enojo como cuando se terminaba el paseo y yo le decía que había sido muy corto, pues ahora también siento que nuestra vida juntos ha sido demasiado corta.
Mi abuelo ya no anda más en bici, pero pedalea y pedalea, más que nunca y con más fuerza. A veces se cansa y para un rato, pero luego se levanta y sigue otro tanto. Otras veces soy yo la que lo lleva en la bici verde. Recorremos, jugamos, tocamos el timbre y reímos; al final, siempre reímos.
Como decía Borges: “La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.” Y sí que ha vivido mi abuelo, entre aserrines y bicicletas, entre veranos dulces e inviernos crueles.
Yo prefiero pensar que la muerte es como la hora de la siesta, aquella que yo evitaba comiendo galletitas en el frente de la casa; Y que cuando me toque a mí, él me va a estar esperando allá arriba para sentarse conmigo en el frente de alguna nube quizás.
Por las dudas, tendré siempre a mano algún paquetito de María ¡no vaya a ser que me agarre desprevenida! Y espero también, que allá tengamos una bici verde, como la que nos acompañó en la vida, una bici verde con timbre y parrilla.

Fin



3 comentarios:

  1. Entre lágrimas terminé de leer esta entrada. Gracias! Siempre tene galletitas Maria a mano! Hermosa nieta Cecilia! :-) Que linda y simpática!

    ResponderEliminar